Se puede ver el espíritu a través de las banquetas
¿verdad, chiquillo?
Puedo hacer que mis palabras sean tangibles, incluso en mis delirios me gustaría verme elegante, pero rayaría en lo tierno.
Entonces me vuelvo gris
se desnuda mi arrogancia
la sutileza es la culpa –demonios–
Era yo dueño de todas las esquinas
tenía todas las salidas clausuradas por la sed
–tristemente, trovador–
y de mi frente manaba sudor con sangre que escurría por mis rodillas.
No fue sencillo recorrer calles y purgatorios para pobres diablos, aun con mis alas de niño inconsciente jugando a las agallas, ni tampoco desglosar los llantos en aquellas noches donde una migaja era festín dulce de lo nunca visto por el ojo urbano…
No fue fácil morir.
Si de algo han servido los fríos de alma y los temblores de cordura cuando azota la verdad, es para declamar mi soberbia de púber en la cara de Dios inepto, en las gotas cristalinas resbalando por la cara de mi madre. Anecdotario de un fracaso magistral.
Yo quería ser indigente.
Somos humanos callejeros
un manojo de existencia –un puñado de cabrones condenados–
Somos una prosa incrustada en el concreto.
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